"Gourmet"
por Verónica Huacuja

 

Ud. me pide que me describa a mí mismo,... como si pudiera hacerlo. No obstante, pensándolo un poco más, lo haría con sólo dos palabras: soy genial. Sin embargo, si tuviera que hacerlo nuevamente, podría empezar por describirle las cosas que más me gustan. Podría decirle que encuentro a los gatos como los animales más desconcertantes. De ellos, su elasticidad y el enorme tiempo que emplean para la ensoñación es lo que me asombra. Tengo muchos de ellos. Entonces, el tiempo empleado en su aparente somnolencia se multiplica por cada felino hasta hacerse infinito. Esta infinitud, que no la puede abarcar el ding-dong del reloj de la pared, acontece todas las tardes en la penumbra de las habitaciones de nuestra casa.
También me gusta caminar por las mañanas y aspirar hondo el olor a tierra mojada que el alba produce. De forma usual esas caminatas matutinas me llevan hasta al lago. Al llegar a él, admiro su plana superficie que refleja este mundo al revés. Saturo mis ojos en esas extensiones de agua plateada. Estar frente ante esa vastedad me produce una sensación intolerable de belleza. Entonces, respiro profundo. Llevo conmigo las migas de pan del día anterior para alimentar a las carpas. Abogado, fíjese bien en lo que voy a contarle a continuación, pues es digno de atención. Una vez que las migajas han quedado esparcidas sobre la superficie, aguardo - casi perversamente- a que las aguas pierdan el virginal reflejo del celaje y muestren su verdadera naturaleza, pues de un instante a otro se transforman en un abismo turbulento, de aguas oscuras, como el yodo, en donde las voraces fauces de las carpas se distinguen feroces, tumultuosas y rápidas al devorar, al apoderarse de las piezas de pan. No por que cada mañana atestigue semejante escena deja de fascinarme. Pero, volvamos al principio, si Ud. me volviera a solicitar que me describiera a mí mismo, como si nunca me lo hubiera preguntado antes, entonces, le respondería que es tarde, que ahora es tarde para todo. ¿No lo cree así Ud.?

¿Qué, qué dices? No, ya saqué a Lester a pasear . Sí, también corté el césped que queda cerca de la puerta.¿No recuerdas que lo hice la semana pasada? Mira, a mí me gustaría ir más bien solo. El servicio militar lo hacen los demás muchachos sin sus madres caminando a un lado. ¿Por qué mejor no vas a casa de Granny mientras yo lo hago? No tardo, te lo prometo. De regreso paso por ti y cenamos en la taberna del pueblo. ¿Te gusta la idea? Que no, ya te lo dije: no debes acompañarme. ¿Qué no entiendes que mis compañeros se burlarán de mí de nuevo si te ven conmigo en la explanada? Sus burlas son insoportables. Por favor, te lo pido, mamá, déjame ir solo. No estoy llorando. Deberías dejarme ir solo. Deberías dejarme ir solo. Deberías morirte.


En esa casa he vivido desde que tengo uso de memoria. He vivido tantos años en ella como el número de habitaciones que tiene: treinta. ¿Qué quiénes vivimos en ella? Sólo mi madre y yo, ah, y mis gatos... Sí, entiendo, podría agregar que de niño me asustaba vivir en ella, pues me hacía evocar una historia que trataba sobre una mujer solitaria y muy acaudalada, que habitaba una enorme mansión de innumerables aposentos deshabitados. Su obsesión fue construir más alcobas para engrandecer el lugar. Figúrese Ud, doctor, una vez se perdió en ese laberinto inútil y pasados dos días, se la encontró arrastrándose, desfalleciendo de sed y hambre. A mí, de niño, me ocurría algo semejante en mi casa, pues me daba miedo perderme en ella. Todas las habitaciones, excepto la estancia, la de mi madre y la mía estaban desamuebladas. Sí, de niño me sobrecogía caminar por los pasillos desiertos de mi casa...Mi madre murió en 1999. Esa casa ahora es mía. Me gustaría que agregara a su informe, doctor, que un día tendré que quemarla...Oiga, esa pregunta es una broma, ¿verdad?...pues, ¿quién es feliz? Pero, si invierte su pregunta, creo que sí podría contestarla diciéndole cuál es uno de mis recuerdos más infelices. ¿Le interesa? Verá, es sólo una imagen de mi infancia. Recuerdo la mandíbula temblándole de ira a mi madre cuando me preguntó si yo había leído el cuento que sostenía en su mano. Era la historia de los hermanos Grimm, "Hansel y Gretel". Imagino que Ud. la conoce, ¿no es así? Es la narración de una anciana que quiere devorar a unos niños extraviados en el bosque. No alcancé a responderle a mi madre que sí, que así era, que me encantaba leer esa historia, pues sentía un gran placer de saber que la bruja se comería a los niños. No me lo permitió. Fue tanta la ira que le vi en el rostro que creí que se había transformado en la anciana misma de la historia y que me iba a devorar. Me causó tal pánico que corrí de una habitación a otra hasta que me desmayé. Al volver en mí, mi madre había recuperado la compostura. Lo que sucedió entre ella y yo esa tarde nunca volvió a ocurrir, o de otros de sus arrebatos no me acuerdo, o preferiría no hacerlo. No obstante, ese recuerdo extraño quedó indelebe en mi memoria. Lo siento, doctor, no puedo evitar derramar lágrimas,... no sé por qué... Comer carne humana ad infinitum...

México, D.F. marzo 2004.

CAPITULO 1
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