"Querida Madre"
por Verónica Huacuja

 

México, D.F. a 27 de enero de 2004.

Querida madre:

Hoy visité un lugar espléndido en medio de la gran ciudad que es México: un edificio porfiriano construido sobre un convento colonial de monjas teresinas. Una de las galerías de esta edificación es mágica, pues el piso es de cristal y debajo de él, como a un metro de profundidad, se hallan los restos de los baños de estas monjas. Entre los escombros se ven los azulejos de colores que formaron las tinas. Uno se imagina la sonoridad de las risas de estas mujeres al disfrutar del agua tibia sobre su cuerpo. A este recinto lo han bautizado con el nombre revelador de "el salón de los vestigios". Ah, déjame decirte, que caminar sobre ese piso transparente crea una sensación de levedad, de estar volando, casi como en un sueño, o bien, ser un personaje superdotado de cuento infantil.

¿Por qué te quitaste la vida? Hace treinta años decidiste no vivir más. Con el tiempo he aprendido a aceptar tu ausencia. Siendo niña la sufrí mucho. Se me hacía injusto que otras niñas de la escuela, compañeras mías, tuvieran la fortuna de tener a sus madres y yo ya no contar contigo. Una de las experiencias más dolorosas que viví entonces, fue saber que jamás iba a volver a verte en tu auto estacionado a las afueras de la escuela para esperarnos, a mis hermanos y a mí, a la hora de la salida. Tu figura sentada al frente del volante nunca más la volvería a ver. Creo que ésa fue la vivencia que me hizo comprender claramente tu muerte: una calle desierta eternamente desprovista de la persona amada. Quería gritar.
Tengo una fotografía tuya sobre mi escritorio, en ella apareces recostada de cuerpo entero sobre el silvestre césped de un jardín. Vistes una blusa escotada y una amplia falda estampada. La sombra de un árbol y la luz del sol que atraviesa su follaje ensombrece e ilumina tu figura alternadamente. Recargas la cabeza sobre tu mano y una sonrisa enciende tu rostro.¿Quién habrá sido el fotógrafo? Por la forma de sonreírte doy por sentado que era un hombre. ¿Qué estarías pensando entonces? No te hubieras imaginado que esa imagen tuya, muchos años después, estaría entre mis objetos cotidianos. Sí, una mujer de escasos treinta años sonriéndole - ya no a un hombre anónimo -, sino a una de sus hijas, así, desde lejos.

Tu apareces en muchos de mis escritos, a veces de forma velada, a veces más evidentemente. Los hombres que recreo en ellos te desean. Tengo un cuento en donde "ella" eres tú:

"Uno. Ella se asomó al ventanal para escuchar el sonido del tránsito que subía desde la calle. En ese marco oscuro vi su piel color aceituna y la incandescencia rojiza de su cabello. Sus manos cruzadas quedaron suspendidas sobre el alféizar en un movimiento aplazado. Como en una pintura de Corot, pensé: ella en un primer plano, sin sonreír, sólo su rostro distraído, ovalado, inmóvil contra la penumbra. Ella dentro del abismo que es su cuerpo.
Todo este tumulto, desde aquí, al pasar, al verla, desde la banqueta, desde el auto, de lejos."

O bien:

"Ella aparecía sentada con la falda ceñida a las piernas sobre una cama de sábanas sucias en medio de la penumbra de la habitación. Murmuraba algo continuamente, algo que no se distinguía con claridad. Sobre su regazo, sus manos se movían formando pequeñas figuras geométricas en el aire. Su mirada vagaba abstraída por las siluetas que formaban las sábanas en las sombras de la habitación. De pronto, adquiriendo una energía que no se adivinaba que poseyese, se incorporó. Sin embargo, al hacerlo, su figura quedó aún sentada, pero de forma diluída, repitiendo las mismas acciones. Caminó unos pasos hacia la luna del ropero mesándose el cabello con la mano, con gesto cansado. Observó su reflejo sombreado sobre el espejo y así quedó mirándose, al tiempo que murmuraba algo inaudible. Sólo que esta vez se escuchaba la voz de sus murmullos dos veces, pues a su voz se sumaba la de la mujer sentada sobre la cama, que era ella misma, pero de otra forma. De súbito, con decisión, como si esa misma fuerza se apoderase de ella nuevamente, se volvió y caminó en círculo sobre la alfombra dirigiéndose hacia otra parte de la habitación. No obstante, su figura frente al espejo quedó allí, menos nítida, menos concentrada. Al llegar al buró intentó prender la luz de la lámpara de mesa, reclinó su cuerpo buscando el apagador, parecía que lo hubiese encontrado y encendido la luz. Pero, ésos sólo fueron gestos y movimientos pues no había lámpara alguna sobre la mesa de noche. Ahora, en el recinto, se escuchaba su voz tres veces."

Se acaba el tiempo, madre. Ahora entiendo la dificultad de vivir. Entiendo el desencanto que ensombrece por momentos la cotidianidad. Tu sucumbiste a uno de ellos.

Te ama por siempre,
Tu hija,
Verónica.

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