"Cuando ya no importe"
por Verónica Huacuja

 

La cámara de video exhibía su diminuto ojo rojo, cables embrollados y un zumbido electrónico. Aparecía montada sobre un tripié que formaba la estructura geométrica de un triángulo sobre el fondo claro de la pared. Pero, fijándose uno un poco más, la cámara y su montura aparecían dos veces, esta segunda vez, de forma invertida y simétrica sobre el piso bruñido. La estructura triangular de pronto, se transformó en un rombo. A pesar de este descubrimiento que resultó extraño y bello cerré los ojos.

¿Te gusta? Oí la pregunta del hombre del saco negro que se incorporó del sofá donde había permanecido fumando silentemente todo ese tiempo. Escuché su pregunta como a lo lejos. También, de forma distante, alcancé a escuchar el crujido del sofá al liberarlo de la carga de su cuerpo. Ese hombre se había mantenido aparte de los otros, que guardaron sus armas al verlo acercárseme. Ellos habían terminado su trabajo, lo habían realizado de forma rápida, cuestión que en un principio -cuando aún importaba -me llamó poderosamente la atención. Absortos se ocuparon con afán en la tarea mientras un personaje silencioso enfundado en saco oscuro miraba la escena.

El hombre de negro volvió a preguntarme - con voz pastosa y lejana - otras cosas que ya no importan. Lo que es significativo ahora es el recuerdo de mi madre al verla recibirme en casa por las tardes, al regreso del trabajo o de la escuela. Recordarla sonriente es un gran placer para mí. Saberla contenta e invitarme a cenar juntas en la cocina para platicarnos el día es algo que gozamos mucho las dos. Mi madre, la dulce Estela, con sus grandes manos perfumadas acariciándome la frente.
Lo que ahora cuenta - y esta vez lo repito con los ojos cerrados pues no quiero ver el rostro inquisitivo del hombre del saco oscuro tan cerca del mío -, es Horacio por los domingos. Nuestros paseos - tomados de la mano-, por las iglesias cuando se pone dorada la tarde es lo que ahora adquiere gran claridad. Una memoria diáfana, pensada así, con los ojos cerrados. Puedo imaginar las enormes puertas de los templos sobre sus goznes casi vencidos, los querubines con sonrisa de piedra porosa y manchada por el tiempo, el murmullo gutural y el seco aleteo de las palomas que revolotean en los atrios...y yo, me imagino reflejada en los ojos de Horacio, en sus hermosos ojos color café escondidos en la sombras de la tarde de cualquier domingo. Ahora lo puedo pensar con palabras: Horacio-por-los-domingos-en-la-tarde u Horacio es un domingo por la tarde. Sí, creo que así es. Esto, mientras siento, tan cerca, el aliento a tabaco del hombre que sigue inquiriendo monótonamente algo que apenas escucho, como si murmurara palabras inaudibles a alguien que no soy yo. Casi como película muda.

También ahora cobra relieve en mi vida -lo que resta de ella, silbó el hombre acompañando la frase con una pequeña risa al tiempo que atisbé la luz mortecina de la habitación reflejada en sus dientes -, es el esplendor de las vacaciones de verano cuando visitamos la playa de la Isla del Padre. Recuerdo el sol y el pesado pelícano hundiéndose en picada en las frías aguas de ese mar. Me acuerdo que esa visión me recordó entonces los personajes de Salvador Elizondo en su libro "Farabeuf o la Crónica de un instante", ellos también caminaban (caminan para siempre) sobre las arenas de una playa en una tarde helada e inexistente. Tengo frío.

Una de las cosas que más me gustan son las flores, la alegría de escogerlas al comprarlas y ya en casa desprender el papel envolvente del ramo, ir por el jarrón de colores, llenarlo de agua e introducir en él sus tallos con cuidado evitando lastimarlos. Más tarde, colocar el florero en la mesita de noche y entonces, retirarme un poco, para ver cómo el espacio que ocupan esos seres se inflama de belleza.

Abrí los ojos y los volví a cerrar. Ahí continuaba el hombre todavía. No iba a cejar. Estaba pendiente de mi respiración. Eso él y yo lo sabíamos muy bien. Yo conocía que él aguardaba el momento, el preciso instante en que yo moriría. Comprendí que para ello este averno había cobrado forma. Él tenía el poder suficiente para generar un infierno para mí, como lo tuvo para Juanita, y para Alma, y Armida, y Tencha, y Silvia, y Toña, y Adela, y Miriam, y María, y Jennifer, y Claudia, y Amanda, y Leticia, y Viviana, y Yadira, y Carla, y Anita, y Esther, y Marta, y Lourdes, y Carmen, y Clara, y Elizabeth, y Arcelia, y Dulce, e Iliana, y Erica, y Nayelli, y Mónica, y Roxanna, y Elisa, y Carlota, y Felipa y todas las demás. Eso quedó claro en un instante. Yo estaba exactamente en medio del abismo sin que ahora importara más, como lo habían estado antes todas las demás mujeres asesinadas aquí en Juárez. ¿Quién hubiera pensado que tendría que vivir mis 20 años sólo para terminar así, destrozada por estos hombres? ¿Alguna vez eso lo hubiera podido imaginar? Creo que no, creo que nunca. Esta vez fui yo, fue mi turno para representar la voluntad violenta de este hombre de negro - o de los muchos hombres de negro que existen en este luga-. Se conocía que le causaba gran placer ver la sangre -la mía- que se oxidaba sobre el piso de losetas cambiando de un rojo intenso a uno marrón y generando con ello un pegajoso olor dulzón. No quise abrir los ojos y constatar esto. Mi vida termina en este momento por que el hombre de negro así lo dispuso, porque él puede hacerlo. No pude evitar derramar lágrimas por nosotras: las eternas muchachas de 20 o 15 o 12 años en la memoria de nuestros padres o hermanos. Sólo eso.

Un sosiego me invadió, eso ocurrió después del engaño, la sorpresa de lo insólito, el llanto, la indignación, la ira, la vergüenza, después de la ansiedad y del espanto. Siempre, desde que iniciaron, me había mantenido lejos de sus preguntas, sin embargo, las últimas de ellas me alcanzaron y penetraron claramente en mis oídos: ¿qué se siente?,¿qué es eso hacia el final? A lo que le respondí esta vez con los ojos bien abiertos:

- Aquí en la frontera espantan. Fíjate en mi mirada que se torna dura como el cristal, pues mis ojos ya no te miran.

 

A Juan Carlos Onetti y a mis congéneres asesinadas en Juárez
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