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"De los sentidos trastornados"
por Verónica Huacuja

 

Uno. Ella se asomó al ventanal para escuchar el sonido del tránsito que subía desde la calle. En ese marco oscuro vi su piel aceituna y la incandescencia roja de su cabello. Sus manos cruzadas quedaron suspendidas sobre el alféizar en un movimiento aplazado. Como en una pintura de Corot, pensé: ella en primer plano, sin sonreír, sólo el rostro distraído, ovalado, inmóvil sobre fondo mate.

En otra ocasión, en la misma ventana, la mujer pelirroja, tal vez escucha los sonidos del tránsito. Su figura se recorta en colores intensos. Sin embargo, sé que al mismo tiempo, ella se desdobla por la habitación, de forma más diluida; sé que también, ella está sentada sobre el lecho con sus manos sobre su regazo, pendiente de la variación despaciosa de sus dedos que forman figuras geométricas en el aire. También de forma simultánea, de cuerpo entero se observa en la luna de la vitrina moviendo los labios, imaginando la sonoridad de sus palabras -que no pronuncia-, dentro del abismo de su cuerpo.

Todo este tumulto, desde aquí, al pasar, al verla, en la banqueta, desde el auto, de lejos.

Respiro. Evangelina tus ojos, es así como debieras llamarte. Evangelina tu pelo, mumuré al tiempo que imaginaba llamar a tu puerta. Por fin abriste, después de varios minutos, después de preguntar con voz ronca ¿quién es? Sin esperar respuesta, giraste la manija para encontrar a un hombre, que tartamudeando empezó por explicarte que era pintor, que te había visto incontables veces desde la ventana de la habitación de esa casa, que el color de tu cabello era de un magnífico tono rojizo y contrastaba de forma soberbia con el resplandor de tu rostro; en resumen, necesitaba pintarte. Extrañada sonreíste, o así lo imaginé. El hombre alargó una tarjeta con un número telefónico, te explicó que era allí donde le podrías llamar en caso que decidieras aceptar su propuesta.
Ahora. Del hirviente extremo de la taza de un café apareces, y por no hacer otra cosa, gansos en el rombo de un sueño que por amor devoran tu reflejo sobre el agua.

Cuatro. Por fin has llamado. Jueves por la tarde. Evangelina es tu nombre.

Veinte veces veinte. Ese jueves apareció sentada frente al espejo, se ofrecía en la vastedad de sus colores y formas dentro de un tetraedro transparente, enorme. Entonces él comenzó a modificar las dimensiones del rostro. Donde antes el músculo mastoideo cruzaba la cara, posicionó el orbicular entreverado con el transverso en una masa ocre. La apófisis la dobló hacia el centro, evitando simetrías y, al final, escarbó un pozo negro en las profundidades de la boca.
De las modificaciones aplicadas al cuerpo, surgieron sonidos inaudibles, de tan sonoros. Quedó una sensación de aturdimiento.
De aturdimiento y rojo.

Jueves. Sentada sobre la cama de un desconocido, le vuelve esa sensación invariable de insuficiencia. Cerró los ojos, respiró agitada y los volvió abrir. Ajena a la mirada del hombre que la ve desde lejos - desde el bastidor de madera- , encontró sus manos yaciendo sobre su falda. Observó los ángulos de espacio morado que forman entre sí los dedos y su flexibilidad contenida; entonces: el letargo de un sueño. Esta vez aparecía sentada frente a un espejo, sus ojos captaron los ojos de su reflejo: esas pupilas penetrándose, ahondando en su negrura dilatada, pero también eso mismo hacia fuera: el efecto de espejos, su mirada reverberando decenas de veces, cada vez más lejana, más irreal, pero siendo ella misma, así, sentada en una habitación desconocida con la falda muy ceñida a las piernas y, sin embargo, la sofocación y el llanto, pues el recinto estaba desierto. No podía ser que estuviera reflejándose en esa luna, ni que ese hombre estuviera pintando su figura sobre un lienzo, porque nunca traspasó el umbral de la calle, ni subió jadeando la escalera desgastada de ese edificio. Ella era sólo el remedo de mujer que ese hombre deseaba con violencia.

Después. En la penumbra de la habitación, sobre la superficie llana del muro se distinguen unas manchas de humedad que forman un diseño policromo.
- Ojalá esta disposición de los objetos se produjera siempre así, a través de un cuadro mental, sin necesidad de espátulas, óleos ni de una tela que la contenga. Sólo cerrar los ojos y traer a la conciencia la inmovilidad de los objetos del lienzo, del cuadro de Evangelina.

Camino. Desde la entrada a este edificio, a través de las escaleras, que es columna vertebral - diáfana y precisa - , el sonido de mis pisadas sobre cada escalón reverbera hasta llegar a la cúpula, y allí, se mezclan con el vuelo sorprendido de palomas y un haz de luz.. Esta ascención debería titularse: "mínúsculos, se extravían". Subo. Toco. El pintor de la cara hermosa abre la puerta. Entro.

Sin. En otra ocasión, la mujer enfundada en amaranto vuelve el semblante abstraído hacia la ventana, su cabello se disuelve hacia atrás dejando su faz clara, ovalada y la mirada transversal.
Y desde de mi caballete, cada que vuelvo el rostro, aparece lo rojo del vestido que rompe el fulgor del azul de la ventana y entonces, más claros y más redondos sus ojos se denotan dentro del marco brillante que es su cara.
Más tarde, la misma mujer en sanguíneo, se recorta sobre el lienzo blanco. De súbito, una franja oscura atraviesa la simetría del gesto que se vuelve rotundo, dejando entrever la hermosa osamenta debajo de sus facciones regulares.

Circular. Evangelina duerme sobre el lecho desordenado y sucio, desnuda entre las sábanas revueltas. La realidad se multiplica en diversos planos: los colores cálidos del entarimado, la atmósfera rojiza y negra que proyectan las cortinas, el apagador de luz - de intolerable presencia blanca sobre el muro -, la claridad de la piel, lo violáceo de sus venas, la regular respiración de Evangelina, Evangelina, dos veces: difractada por el objeto reproduciendo la silueta que se proyecta en la placa de forma virtual. Un haz de difracciones, iluminándolas perpendicularmente, dando lugar a dos imágenes, una real -registrable fotográficamente- y otra virtual, estereoscópica.

Sin embargo. Por que al asomarte a la ventana, sin interés alguno en el exterior, recordé el perfil de tu rostro sobre la pantalla inmensa de un cinematógrafo. Esperabas - enormemente cansada-, el transcurrir de la tarde, de la noche, o de lo que te resta de vida y su significado. Sola, tú, fumando, de perfil, creyendo que el timbre de tu puerta ha sido tocado por un pintor que retrata a una mujer extraviada en Valium, que por la tarde fuma, asomándose a una ventana, sin interés alguno en el exterior...

De cualquier manera. Aún con los ojos en blanco nuestro destino se nos muestra orbicular y atroz como canción salvaje, gutural que emerge queda de la garganta de las palomas, en medio de esta cama revuelta, en el frío de la habitación, en el marco de tu ventana, en la opacidad indiferente de tus ojos. Yo conformo a la distancia una nueva Evangelina, brillante e inamovible, irreversible, sobre la claridad de la tela. Sólo restamos, tu y yo, criaturas inadvertidas, rotas, deseándonos inútilmente entre los sonidos del tránsito.

El cuadro. Ella son dos desde cualquier perspectiva que se le mire. Las formas abultadas, geométricas y el movimiento de sus cuerpos proyectan una sombra verde olivo sobre el entarimado. Policéfala Evangelina.

México, D.F. 1998 y febrero 2004.

A Gustavo Almaraz
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